LOS ESTADOS UNIDOS (DE VENEZUELA)
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a
injerencia estadounidense, en aguas del Caribe, para atacar las supuestas
“narcolanchas” que iban a transportar drogas hacia el país del norte, era el
preludio de su mayor pretendido, como en efecto ocurrió: la captura del
narco dictador, Nicolás Maduro, durante la ejecutoria de la operación, “Determinación
Absoluta”, la cual se irrumpió en Miraflores, sede de gobierno de la
República Bolivariana de Venezuela, instaurada durante el primer mandato de
Hugo Chávez, so pretexto de, ya dicho con anterioridad, llevar a cabo la caída
(¿de la cama?) del cuasi eterno sucesor del ya citado Chávez y, de paso, hasta
la de su esposa, Cilia Flóres, quien, no hace nada, actuaba en calidad de
primera dama del país vecino. (¿O del régimen “chavista”?).
Lo
cierto aquí es que el pasado, 3 de enero, el mundo entero recibió el presente
año con la noticia estelar que Venezuela, gracias a una debatible intervención
militar, bajo la égida de Donald Trump, (o el “Thedoro Roosevelt de la presente
centuria”), se había librado del tirano y que, por tanto, ello significaba la
tan anhelada libertad que, ilusoriamente, algunos, acá en Colombia, y, otros,
en el resto de la América Latina, en su conjunto, la traducen en una especie de
“Balseros: testimonio de libertad” creada por Jairo Varela para el álbum,
“Huellas del pasado”, obra del Grupo Niche, publicada en 1995, pero con la
diferencia que ésta va dedicada al pueblo cubano cuando en una de sus estrofas
reza: “…Más de treinta años sufriendo / Para conseguir la libertad / Por fin ya
llegó la hora / Que mi Cuba bella libre será…”.
El
tema de Cuba será objeto para tratar en otra columna, pero acoto el término “ilusoriamente”
porque en Venezuela aún no es que esté del todo instaurada la tan anhelada
libertad mientras permanezcan en el poder las cabezas más visibles del “chavismo”
representadas en las figuras de Vladimir Padrino López (ministro de Defensa);
Diosdado Cabello (ministro del Interior); Jorge Rodríguez (actual presidente de
la recién instalada, aunque considerada ilegítima Asamblea Nacional); Caryslia
Beatriz Rodríguez (presidente del Tribunal Supremo de Justicia); Tarek William
Saab (Fiscal General); Yván Gil (Canciller) y la actual presidente interina,
Deicy Rodríguez, investida en tal calidad por espacio de 180 días, so pretexto
de que su gobierno, en la práctica, de transición, convoque a nuevas elecciones
generales, y con quien, sea dicho de paso, el mismo Trump ya ha comenzado a
hacer negociaciones por concepto de compra de crudo (o petróleo) por alrededor
de US$ 300 millones y que, entonces, la conclusión, primaria o general de todo
este suceso, no es la captura de Maduro lo que verdaderamente concierne en este
conflicto bilateral sino el tema petrolero que, por más de un siglo, pues,
viene obsesionando a los Estados Unidos; máxime si se trae a colación un
apunte de prensa de 1901 titulado “Texas, el corazón del petróleo en E.U.” en
los siguientes términos: “Cada jornada, durante nueve horas, el campo de
Spindletop, en el oriente de las llanuras de Texas, produjo 100.000 barriles de
petróleo. Cuando los perforadores lo encontraron, el petróleo subía hasta 60
metros de altura. Matones, delincuentes, cazadores de fortuna y trabajadores
del sector petrolero se trasladaron de inmediato hacia esa región de Estados
Unidos. La población aumento de 10.000 a 50.000 en poco tiempo. Y siguieron
encontrando petróleo en otras zonas como Oklahoma y Louisiana, con la misma
consecuencia social. Pero, paradójicamente, lo que hubiera sido la más grande
forma de hacer fortuna se convirtió en la más grande forma de hacer pobres:
como el uso del petróleo este año se limitaba a las lámparas, el mercado se
saturó y el precio del barril bajó a 3 centavos. Hasta los especuladores se
arruinaron. Solo unos pocos visionarios empezaron a investigar el uso del
petróleo en barcos y locomotoras”. (El Tiempo).
A pesar
que el modelo económico venezolano es un colapso absoluto, no es subterfugio
para poder advertir que es una nación petrolera por naturaleza; tanto
que, así se hace notar hasta en el especial que le dedicó “Países del Mundo”
(El Tiempo, 2000), en línea con el ítem, “La riqueza del petróleo”, que, en uso
de un toquecito de historia adicional, reproduce lo siguiente: “…El
descubrimiento de petróleo en el Lago Maracaibo, en el año 1917, transformó a
Venezuela de ser uno de los países más pobres de América del Sur, a uno de los
más ricos. Los yacimientos debajo del lago Maracaibo, son los más grandes
aparte de aquellos en el Medio Oriente; los yacimientos de alquitrán que
contienen petróleo, en la ribera del río Orinoco, se suman a la riqueza del
país. A pesar de estas reservas, muchas personas continúan siendo pobres. Los
servicios públicos y la agricultura han sido dejados de lado, y la caída del
precio del petróleo ha afectado la economía…”. (p. 52).
Es
que todo parece indicar que si el republicano, Theodoro Roosevelt, ascendió al
poder con la consigna del “Gran Garrote” para América Latina (“para
muestra, un botón”: aún resurgen los ecos de la pérdida de Panamá cuya patria,
con el auspicio del gobierno del mismísimo Roosevelt, proclamó su independencia
de Colombia o qué decir de la frase lapidaria, pronunciada en 1905, por el
entonces ministro de los Estados Unidos, John Barret, al agregar con tufillo
intervencionista: “…Debemos adueñarnos, urgentemente, del comercio de las
repúblicas latinoamericanas. Europa trata de hacer lo mismo…”), es la misma
consigna que pretende descargar Trump ya no mediante “esas despreciables
criaturas de Bogotá deben entender de qué modo están comprometiendo su
porvenir”, prorrumpido, de otrora, por su par, Roosevelt, sino, más bien, con
un grandilocuente “esas despreciables criaturas de América Latina deben
entender de qué modo están comprometiendo su porvenir”.
Mejor:
“despreciables criaturas de Venezuela”; no obstante, sea dicha esta diatriba
contra Venezuela o contra una o varias naciones americanas, será producto del
espíritu del “MAGA” o “Make America Great Again”, lema de la campaña
trumpista, que no pretende, en absoluto, ni resucitar ese “América para los
americanos” consignada en la “Doctrina Monroe” de 1823 que juró en vano
defender a las demás naciones del continente de cualquier intervención europea
ni mucho menos engrandecer en su máximo esplendor a América, sino hacer “grande
otra vez” a Estados Unidos (¿de América?), en uso de una política
proteccionista, nacionalista, antiinmigrante y si, así lo desean, tal como hace
marras lo pronunció Barret: adueñarse urgentemente del comercio de las
repúblicas latinoamericanas, o de sus recursos energéticos (caso petróleo
venezolano) o, en el extremo de los casos, la emprendida de una prácticamente
“guerra comercial” contra varias naciones americanas, que, secundada por la
figura del ya referenciado “Theodoro Roosevelt de la presente centuria”,
cobijada en la persona de Donald Trump, conllevó en el segundo semestre de 2025
a la aplicación de unas tarifas arancelarias, cuasi desproporcionadas, hacia
países como Brasil (50%); México (25%); Nicaragua (18%); Bolivia (15%); Costa
Rica (15%); Ecuador (15%); Trinidad y Tobago (15%), Colombia (10%) y, antes de
la perpetración del ataque en Caracas, la imposición a Venezuela de un arancel del
15%.
Vale
la pena cerrar con lo siguiente y es que aparte del tema petrolero, en
específico, coexiste otro hecho histórico, __quizás, por muchos
desapercibido__, preceptuado en la agresión naval que, contra
Venezuela, perpetraron, hace ya, más de un siglo, las entonces potencias,
Inglaterra y Alemania, respectivamente; toda vez que, tal como se hace
constar en el acápite noticioso, “1902”, de “Siglo XX a través de El Tiempo
(2000): “Luego de que el presidente de Venezuela, Cipriano Castro, anunció la
suspensión de los pagos de la deuda externa de su país, y de los constantes
incidentes bélicos en los puertos venezolanos, los gobiernos de Inglaterra y
Alemania decidieron poner en práctica un bloqueo naval contra el país vecino,
lo que se considera una evidente agresión de las potencias coloniales a esta
nación suramericana. Los incidentes, que se iniciaron en los primeros días de
diciembre, luego de conocida la decisión del gobierno venezolano, son un claro
atentado contra la estadounidense ‘Doctrina Monroe’ de 1823, en la que se
promueve la no intervención europea en América. El incidente pone en aprietos
al gobierno del presidente Castro, que enfrenta los rigores de una guerra
civil. El bloque ocurrió en La Guaira…”.
* *
*
Si
aquellas potencias no lograron hacerse con Venezuela, ni Estados Unidos, que se
sepa, defendió al país vecino de la agresión, bajo los dictados de la
“Doctrina”, hoy se puede afirmar sin sonrojo alguno, aunque con el sarcasmo,
típico del Tío Sam, que el país de las 13 colonias y los 50 estados federados ya
no consigna en su haber democrático ese América sino un “de Venezuela”
incluyendo el arrogo del derecho que la manejarán a su antojo maniobrando,
claro, el gobierno que ya consideran “títere”, en cabeza de Delcy Rodríguez; mañana,
ostentarán un “de Groenlandia”; porque, a toda costa, se quieren hacer con un
“pedazo de hielo”, y, en menos de lo que “canta un gallo”, ahí sí, ya, con
ánimos colonizadores, de América y del mundo, pues cuando Mr. Trump convierta a
la asolada, Franja de Gaza, en un jardín del edén o en su campo de golf
secundario, mejor que el de Mar-A-Lago, no faltará que la bella, María Corina,
le chante la medalla del Nobel.
Nicolás Fernando Ceballos Galvis
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