RÉQUIEM POR CABALLERO

P

odrán caerme rayos y centellas por esta (no sé si advertencia), pero siempre fue a la yugular en cada una de sus magistrales columnas de opinión que, siendo una infinidad de réplicas telúricas, deberían considerarse patrimonio nacional.

 

Vaya uno a saber qué entenderá exactamente por patrimonio nacional el sujeto de oscurísimas procedencias que ahora nos quiere poner a rezar la oración de los lavaperros de “La virgen de los sicarios” (de Vallejo) con esto de su ¿¡“genialidad”!? del porte ¿¡“legal”!? de armas:

 

“…Fe del carbonero.

Por la gracia de San Judas Tadeo, que estas balas de esta suerte consagrada den en el blanco sin falta.

Y que el difunto, no sufra.

Amén…”.

 

No tengo dudas que con esto y con toda esa tal “arte de magia” que “ha venido haciendo en ¡solo un mes!”, __según las estrafalarias noticias que emiten los (o sus) periodistas “privados” que tanto lo idolatran__, también estaría dándole por la yugular al que cuando ¿“ruge”? desde la cueva porque recuerden: el tigre aún está en la cueva, pareciera que estuviese encañonando con un revolver a esa otra mitad de patria herida que pretende destripar (o destriparnos) a “mordiscos” (o bajo tiros de gracia), luego de ello congraciarse con sus (o nuestros) cadáveres y, así no más, de un patadón, mandarlos (o mandarnos), por allá, a las postrimerías de un caño cualquiera con hedor mortecino.    

 

Lo sé.

 

Estaría con una lápida en el cuello.

 

Tal como otros periodistas (me incluyo) que, dentro de poco, __eso sí privados de nuestra libertad de opinión y de expresión__, le vamos a resultar incómodos a este régimen de la no “regeneración” sino de la catástrofe.

 

Al fin y al cabo, siempre la tuvo.

 

Por decir la verdad.

 

Así fuese por escrito, por fortuna, dejándola consignada para la historia.

 

Porque era poco lo que hablaba.

 

Ese poco que, asimismo, fueron verdades. Verdades que tanto duelen o que a muchos no les gusta que se les diga en una patria herida sujeta al conformismo.

 

Es que ese fue su talante sin importarle su cuna alineada con la aristocracia de Santa Fe de Bogotá, pero qué falta la que hace ese denominado “rebelde” de blue jeans en estos tiempos convulsos que afronta esta patria herida donde pareciera que la objetividad periodística está por el piso y los medios corporativos y sus agencias de noticias a punto de convertirse en un apéndice más de los partidos políticos de esa derecha recalcitrante a la que, en reiteradas ocasiones, de igual manera le dio por la yugular.

 

Y a la izquierda. Y al centro. Y a los expresidentes. Y a los presidentes como a un tal Duque que se la tenía al rojo vivo. Y a los Estados Unidos y a su política exterior. Y al recién fallecido Plinio Apuleyo Mendoza con quien mantuvo ciertas diferencias ¿quizá por lo feo y orejón que era este…?

 

Venga:

 

¿Qué sería si, estando en vida Caballero, le hubiese dado por hacer una radiografía del actual régimen neolaureanista con titular a bordo “Disciplina para perros”? ¿O acerca del republicano, Trump, y sus constantes despropósitos? ¿O acerca de “Matanyahu” y el genocidio en Gaza? ¿O acerca de la injerencia gringa en Venezuela, en Colombia, en Perú y en el Ecuador asemejándola con las épocas inexorables de la Colonia? ¿O acerca de las que estaría definiendo como “Terceras Guerras Mundiales”? (Rusia Vs. Ucrania / EE.UU. e Israel Vs. Irán / EE.UU. Vs. Irán / Israel Vs. Gaza / ¿EE.UU. Vs. México y América Latina?, etc.).

 

En síntesis: lo que consideraba que estaba mal (como hoy) lo plasmaba en un papel.

 

Porque lo escrito, escrito quedaba.

 

En el mejor de los términos, un Pedro Navaja o todo un “cuchilla” para, en uso de su exclusiva subjetividad, irse lanza en ristre contra este o aquel, contra x o y tema de interés nacional e internacional, sin desparpajo, hilvanar, letra por letra, pieza por pieza, su obra de arte “periódica” con una soltura cuasi estomacal; hacer que su chiste se contara por sí solo porque de mamagallismo fino o humor negro ¡sí que sabía el hombre!; era procrear el arte de su sátira fina en algo más de 750 palabras; era procrear el arte de la crítica en algo más de 750 palabras; era una especie de darle jaque mate al rey; era, ni más ni menos, el poder de la palabra escrita, corta y sustanciosa, como sólo él sabía hacerlo puesto que, reza el dicho, “la práctica hace al maestro”.

 

Y maestros, ¡sí que tuvo!

 

Aquel “aristócrata de las letras” que se mantuvo en calidad de escribano hasta su muerte, nació con esa vena literaria y ese afán, en línea, inconmensurable, por alimentar su alma de intelectual:

 

Por citar, hijo del periodista, escritor y diplomático Eduardo Caballero Calderón (Bogotá, 10 de marzo de 1910; ibidem, 3 de abril de 1993): reconocido mientras cursaba sus estudios en el prestigioso colegio bogotano Gimnasio Moderno, __del cual también salió titulado como bachiller el genialísimo, Antonio__, por ser no solo el fundador de la revista estudiantil El Aguilucho (1927), “…ampliamente reconocida como la primera publicación escolar de América Latina y la revista estudiantil sin interrupción más antigua de la región…” (El Aguilucho, 2020) sino por su nutrida experiencia literaria que lo llevó a obtener, en 1965, el premio literario Nadal por la novela El buen salvaje (Ed. Destino, 1966).

 

O qué decir de otras de sus obras literarias notables como Diario de Tipacoque (Ed. ABC, 1950) “…en el que se recopilan una serie de notas, crónicas y reflexiones cotidianas mientras vivió en la antigua hacienda de sus ancestros en el norte de Boyacá, un territorio entrañable que él mismo ayudó a convertir formalmente en municipio en el año 1969, llegando a ser su primer alcalde…” (Banrepcultural, s.f.) y los textos fundamentales de obligada lectura pertenecientes a la llamada literatura de la violencia en Colombia (o realismo crítico) que retratan de forma directa las raíces y consecuencias del conflicto bipartidista del siglo XX a partir de los prolíficos El Cristo de espaldas (Ed. Losada, 1952) y Siervo sin tierra (Ed. del Alcázar, 1954).

 

(Hablando de El Aguilucho, el afamadísimo periodista, Daniel Samper Pizano – DSP, a través de su bella exposición De el aguilucho a Los Danieles (11.IX.2021), relató, con anécdotas incluidas, su honorable amistad con Caballero).

 

Además, hermano del pintor Luis Caballero (Bogotá, 27 de agosto, 1943; ibidem, 19 de junio, 1995) y sobrino del majestuoso periodista Lucas Caballero Calderón, Klim (Bogotá, 6 de agosto de 1913; ibidem, 15 de julio de 1981) quien pasó por los principales diarios del país, El Tiempo y El Espectador, respectivamente, y fuera, por consiguiente, el autor de Memorias de un amnésico (El Áncora Ed., 1982): libro póstumo cuyo título en palabras de la Red Cultural del Banco de la República “…lleva consigo la fina ironía que lo caracterizó en vida: en un país que constantemente peca de olvidar su pasado, un "amnésico" resultaba el narrador perfecto para repasar con humor mordaz la política, las instituciones, los expresidentes de la época y hasta sus propios achaques de salud en los hospitales…” (s.f.).

 

Su espectacular brío periodístico iniciado en corporaciones mediáticas internacionales de la talla de The Economist, la BBC y Cambio 16 fundada en 1971 por el periodista español Juan Tomás de Salas y cofundada en 1993 por DSP en lo que sería Cambio 16 Colombia; y complementado, a nivel nacional, en El Tiempo; El Espectador; Semana; __cuando, verdaderamente, era una revista y lo dejo ahí__; en la otrora y aún rememorada revista de izquierdas Alternativa instituida en 1974 de la mano de Gabo, Enrique Santos Calderón, Orlando Fals Borda y el mismo Caballero y, antes de su deceso, en el portal digital Los Danieles con su grata columna dominical cargada, como era costumbre, de una acuidad periodística impecable, combinó su oficio con la caricatura, la tauromaquia y la literatura comenzando por su única novela Sin remedio (Ed. La Oveja Negra, 1984) que comienza de la siguiente manera:

 

“…A los treinta y un años Rimbaud estaba muerto.

Desde la madrugada de sus treinta y un años Escobar contempló la revelación, parada en el alféizar como un pájaro: a los treinta y un años Rimbaud estaba muerto. Increíble…”

 

Y el impecable manuscrito Historia de Colombia y sus Oligarquías (Ministerio de Cultura, Biblioteca Nacional de Colombia, 2014) donde comenta, sin tapujo, pero con un toque de agudeza y sátira a la vez el trasegar de esta aún Patria Boba llamada Colombia.

 

“…Este libro de historia, __dijo Caballero__, aunque vaya ilustrado con caricaturas, no va en chiste: va en serio. Y, como todos los libros serios de historia, es también un libro de opinión sobre la historia: entre todas las formas literarias no hay ninguna más sesgada que la relación histórica.

Los versos de Gil de Biedma del epígrafe se refieren a su país, España; pero creo que son igualmente apropiados para la historia del mío, Colombia: siempre turbulenta, casi siempre trágica, y muchas veces vergonzosa.

La historia de lo que hoy es Colombia comenzó mal desde que la conocemos, con los horrores sangrientos de la Conquista. Y siguió peor. Esperemos que empiece a mejorar antes de que termine.

El segundo epígrafe, tomado de García Márquez, pinta bien lo que han sido las relaciones de este país con sus clases dominantes en estos largos cinco siglos. Como dice la abuela: toda la vida…”.

 

Solo para enfatizar dos de los 13 capítulos en total de su gesta: El interminable Frente Nacional y Los jinetes del Apocalipsis.

 

Simplemente ¡contundentes!

 

Una anécdota para terminar:

 

En plena carrera de comunicación social, siendo un aprendiz más del Taller de Redacción Periodística IV, así lo definí:

 

“…Caballero es un periodista en todo el sentido de la palabra exquisito. Se destaca por su forma de analizar no sólo los aspectos sociales nacionales sino internacionales. Debate de forma serena sobre política. Es de anotar que su influencia intelectual lo lleva a exponer con discreción su ideario. No solamente enfatiza en el campo periodístico sino también en la caricatura con su sección “Monólogo” en Revista Semana aplicando un toque de mordacidad (también en la escritura). Su estilo es directo, digámoslo crítico, con un sabor a picante, pues su imparcialidad entrevé que no juega en la posición de ninguna élite política y, obviamente, de ningún político. Es argumentativo al hacer cualquier disección __impecable, por cierto__ del tema que trata a través de la columna cuya estructura es clara para el lector. Actualmente mantiene su espacio en Revista Semana y hace parte con María Elvira Samper del programa de debate “Las Claves” transmitido por Canal Capital.

Sin duda, es uno de los grandes periodistas del país…”.

 

In memoriam de Antonio Caballero Holguín (Bogotá, 15 de mayo de 1945 - ibidem, 10 de septiembre de 2021).

 

Nicolás Fernando Ceballos Galvis 

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